RECUERDOS / EL PADRE SILVA

EL SANTO DE RIVERA.

Una historia sobre la fe, el barrio y alguien que dejó una huella especial.

Los dos dibujos del padre Silva, dispuestos uno al lado del otro sobre un fondo rojo
Ilustración completa conservada, sin recortes.

Una vez, un 16 de diciembre de 2016 —que es una fecha como cualquier otra, hasta que la memoria la señala con el dedo—, un hombre entró en una casa cualquiera de Rivera y ató, golpeó y magulló el cuerpo de un anciano de 93 años, como si el tiempo no valiera nada. Después corrió. Corrió hasta que el corazón le quiso saltar del pecho, y cuando paró, cuando por fin se dejó caer en la sombra de un muro o en una parada de ómnibus vacía, no sabía que había dejado atrás algo más que un anciano, algo más que un cuerpo: había dejado a un santo.

Yo leí la noticia y sentí ese nudo en la garganta que uno no elige, esa forma de llorar que ni siquiera necesita lágrimas: apenas una arruga vertical en la frente y un silencio largo. Entonces me hice la pregunta que todavía no me deja dormir: ¿por qué no lo detuvo? ¿Por qué ese santo, si lo era, no alzó una palma para frenar el golpe en un estampido divino? ¿Por qué no hizo el milagro?

Y ahí entendí —o creo entender— que por eso él era el santo, y yo no.

Porque si Jesús, que ya conocía el cielo, permitió que lo desmenuzaran con latigazos, espinas y clavos, ¿cómo su discípulo iba a detener un simple puñetazo? Hay una humildad que sólo comprenden los que son verdaderamente divinos. Y el padre Silva, con aliento a whisky y un amor pecaminoso por una mujer que lo hizo perder su investidura sacerdotal, era más humano que muchos hombres. Y por eso, quizás, muy santo.

Un santo de Rivera no puede tener aureolas. Tiene que tener arrugas, olor a yerba vieja, silencios que pesan como biblias cerradas.

Un día, cuentan los que estaban, Frontera (su cuadro) perdía patéticamente contra un equipo sin historia y sin Dios. El sol partía las cabezas, y los gritos se evaporaban en el aire caliente. Cuando todo parecía perdido, uno de los dirigentes contrarios —con esa arrogancia de quien no sabe lo que hace— se volvió hacia el padre y le preguntó si ya no le quedaba agua bendita. El padre Silva, consciente del tamaño de la derrota, no respondió enseguida. Se tomó su tiempo, como si buscara las palabras en el fondo de un pozo seco.

—Queda un poquito todavía —le dijo, luego de un tartamudeo que terminó en una fluidez sagrada.

Y se sumió en silencio.

Bastó para que el Frontera empezara a jugar como si cada pase tuviera destino escrito, como si el viento soplara sólo para ellos, como si alguien —desde arriba o desde dentro de la pelota— hubiera decidido que era hora del milagro. Cuando dieron vuelta el partido, todos miraron al padre. Él no festejaba. Estaba sentado, como si nada, como si no fuera con él. Después se levantó y se fue, caminando solo, cruzando la tribuna como quien carga algo más que un cuerpo. Los ojos lo seguían, asombrados por lo que veían y sin entender cómo era posible, en tan poco tiempo, revertir un partido tan perdido.

Ese mismo semblante fue hallado después tirado, con sus expresiones en pausa, en un suelo frío de la ciudad, con la piel rota como un papel muy, muy delicado. Y uno se pregunta dónde estuvo Dios esa noche. Quizás dentro de él.

Yo lo conocí. Hablé con él. Escuché sus silencios, que decían más que sus palabras. Y cuando me enteré de su muerte, sentí que el barrio se vaciaba. Sentí un vacío en el pecho. Imaginé sus cansados ojos cerrándose para siempre, y casi que lo vi yéndose, caminando despacio por las calles de nuestro barrio, con paso suave y arrastrado, como caricias. Con una estampa que simulaba la de un viejo corriente. Pero no lo fue: fue el único santo riverense.

Desde ese día, el sonido de las campanas del barrio suena distinto. Parece que algo falta. Y yo, con la angustia presente cada vez que lo recuerdo, me quedo con la intriga de si fue o no fue un milagro, de si fue o no fue un santo. Pero a diferencia de las campanas del barrio, en la cancha no es descabellado sentir su presencia. Incluso hay quienes juran escucharlo susurrar —con esas palabras titubeantes llenas de esperanza— la frase: “Queda un poquito todavía”. Y hay quienes aseguran verlo caminar, despacio y solo, entre los rostros expectantes de la multitud.

Facundo.